A lo largo de la evolución, el cuerpo de estas aves marinas se superespecializó para que se convirtieran en excelentes buceadoras, perdiendo por el camino la capacidad de levantar el vuelo.
Por Miren Bego Urrutia Barandika, Catedrática de Fisiología. Profesora/investigadora de Fisiología Animal en la Facultad de Ciencia y Tecnología y en el PiE (Estación Marina de Plentzia), Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea, España.
Se acaba de publicar un artículo en la revista Nature que describe el fósil del ave moderna más antigua que se conoce hasta el momento. Vivió hace 69 millones de años en la Antártida. Fascinante, ¿verdad? Como fascinantes nos resultan unos parientes suyos actuales que también viven en la Antártida y que son un ejemplo magnífico de la enorme diversidad y adaptabilidad de las formas de vida animal en nuestro planeta: los pingüinos.
Pero… ¿seguro que son aves?
Los pingüinos suele generar dudas a la hora de clasificarlos en un grupo animal. Son aves marinas, pero es frecuente que quienes las observan se cuestionen si esa afirmación es correcta, puesto que no encajan en el patrón típico de las aves. Por un lado, no resulta evidente si lo que recubre su cuerpo es pelaje o plumaje. Por otro lado, tampoco es obvio si tienen alas o aletas. Y para colmo, ¡no vuelan!
Pero no hay ninguna duda: los pingüinos son aves.
Y sí, tienen plumas. De hecho, presentan un plumaje muy denso, compuesto por plumas cortas y rígidas, distribuidas de manera superpuesta formando capas. Tal configuración proporciona un aislamiento térmico eficiente y protección contra el agua fría.
Además, ese plumaje es impermeable, como es habitual en las aves acuáticas, y resulta muy hidrodinámico, ofreciendo muy poca resistencia al agua.
Los pingüinos también cuentan con alas, aunque no son las típicas que presentan los pájaros. De hecho, son las únicas aves que no pueden plegarlas. Podríamos decir que están “customizadas” en grado extremo para funcionar como aletas, para que puedan impulsar eficazmente el cuerpo del animal a través del agua.
Y, por último, nuestros protagonistas se caracterizan por presentar una disposición muy retrasada de sus patas, en las que los tres dedos delanteros están unidos por una membrana interdigital.
Consumados buceadores
Todas estas características diferenciales con respecto a la mayor parte de las aves son las que facilitaron que los pingüinos se convirtieran en excelentes buceadores y fueran capaces de “volar bajo el agua” (metafóricamente hablando, claro). Sin embargo, y debido precisamente al alto grado de especialización que fueron adquiriendo sus estructuras corporales a lo largo de miles de años de evolución, perdieron la capacidad de volar en el aire.

Existen otras habilidades que también se vieron comprometidas como resultado de esa especialización orientada hacia la vida submarina: cuando se desplazan en tierra, exhiben una manera de caminar muy torpe (de ahí lo de llamarlos pájaros bobos), lo que se debe precisamente al hecho de tener las patas tan retrasadas como adaptación al buceo.
¿Por qué renunciar a volar?
Habría en su momento razones de peso que inclinaron la balanza hacia mejorar la eficiencia del buceo a costa de no poder volar, porque bien pensado, esta última capacidad facilitaría mucho su vida fuera del agua.
No hay más que pensar en las largas travesías de decenas de kilómetros que recorren torpemente los pingüinos emperador durante días para llegar hasta los lugares de cría, bajo condiciones climáticas muy adversas, que podrían cubrirse fácilmente con unas pocas horas de vuelo desde el mar hasta la base de la colonia.
Escapar de depredadores como las focas leopardo en la orilla del agua también sería más fácil si los pingüinos pudieran sostenerse en el aire. Por eso, los científicos a menudo se han preguntado por qué y cómo perdieron estas aves esa capacidad.
Buscando la respuesta
En 2013 se publicó un elegante estudio donde, tras estudiar aves actuales que vuelan y bucean, los científicos obtuvieron evidencia crítica para respaldar la teoría biomecánica que sugería que las alas adaptadas al vuelo simplemente se volvieron cada vez más eficientes para nadar y finalmente perdieron su capacidad para hacer despegar a los pingüinos.
Para ello analizaron los costes energéticos que les suponen nadar y volar a los araos y a los cormoranes. El arao de Brünnich (Uria lomvia) utiliza sus alas para bucear, como los pingüinos, pero también vuela. Sin embargo, los cormoranes pelágicos (Phalacrocorax pelagicus) se impulsan por el agua con las patas, no con sus alas.

Según el estudio, sólo los pingüinos bucean mejor que los araos, que lo hacen con mayor eficiencia que cualquier otra ave voladora. Sin embargo, volar les cuesta más energía que a cualquier otra ave o vertebrado conocido.
La conclusión fue que los pingüinos evolucionaron a partir de un ancestro parecido al arao. Según los autores, se produjo una reducción progresiva en el tamaño de las alas, y un engrosamiento de los huesos, lo que contribuyó a que el buceo fuera más eficiente y el vuelo menos.
La comparación de múltiples especies permitió concluir que cuando las alas se utilizan tanto por encima como por debajo del agua, puede haber un punto de inflexión evolutivo más allá del cual el vuelo es demasiado costoso e insostenible. Tal y como indicó uno de los coautores de trabajo, “las buenas aletas no vuelan muy bien”.
Al parecer, en las condiciones en las que evolucionaron los pingüinos hace millones de años, el incremento en la eficiencia de buceo mejoraría su supervivencia y capacidad de reproducción, a pesar de que ello les supuso renunciar a poder levantar el vuelo.
Esta nota fue preparada por The Conversation.
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